Como personas, somos de los pocos seres vivos capaces de captar sensorialmente nuestro entorno y disponer reacciones sobre él en función de lo percibido. A través de los sentidos sabemos si un espacio es frío, si huele a humedad o a tierra, si es de un determinado color o si ese material empleado hace reverberar nuestra voz entre sus paredes. Disponemos de esa virtud, pero además somos capaces de traducir esos estímulos en respuestas. La persona se comportará de forma diferente ante sensaciones dispares, y la arquitectura, más allá de limitarse a la creación de edificios, debe crear espacios que aglutinen una serie de factores que hagan a sus usuarios vivir el edificio, sentirlo.
En Toledo (Ohio), los arquitectos japoneses SANAA han levantado el Glass Pavilion, todo un elogio al vidrio y a sus propiedades. Y este elogio no es casual, pues esta ciudad americana vivió sus momentos de esplendor en el siglo XIX con la elaboración y producción de este material. En este proyecto, tratándose de un museo destinado a albergar una exposición de obras fabricadas en vidrio, el estudio japonés propone como premisa el juego de transparencias, iluminaciones y percepciones que este material es capaz de aunar.
En mitad de un parque poblado de enormes robles se abre paso este edificio que corta la verticalidad arbolada del paisaje con un volumen, a priori recto, del cual destaca una “neblina” contenida entre dos planos horizontales. Una “neblina” que alude al juego de transparencias superpuestas encerradas en la “caja mágica” que es el pabellón. En definitiva, unas transparencias que recrean una atmósfera difusa que nos impide atisbar la profundidad de los objetos contenidos dentro de este. El visitante ingenuo, cautivado por la belleza de sus formas puras y asépticas, decide dejar atrás esa “neblina” y es absorbido por el pabellón, donde ese plano de fachada difuso y etéreo se traduce en una sucesión de espacios líquidos, casi gaseosos, que rompen con la idea espacial de caja cuadrada elaborada por el espectador desde el exterior.
Kazuyo Sejima y Ryue Nishizawa han sabido diagramar los usos requeridos y transformarlos en volumen. De manera directa, se pasa del estudio preliminar al resultado compositivo final al que se le van introduciendo las variables directas como son usos, circulaciones, conexiones, superficies… a la vez que trabajan con la geometría y el material llegando a traducir el esquema inicial (reticulado) en edificio acabado, mediante la unión de piezas y el curvado de esquinas, como si de un juego de modificaciones topológicas se tratara al que aplican vidrio y hormigón para materializarlo.
Por otro lado, pese estar hablando de un volumen construido de considerable peso insertado en un entorno natural, a menudo hostil a este tipo de intervenciones, el compromiso con el entorno es total y se hace patente en su diseño. El diálogo entre el interior del pabellón, que desde fuera parecía difusamente reacio a ser penetrado, y la arboleda exterior es tal que las salas de exposición parecen gozar de vida natural propia, cuando es el verde exterior el que aprehenden y hacen suyo. La intencionalidad de atrapar el entorno es clara, como bien reflejan las palabras de Kazuyo en una entrevista concedida al XLSemanal de ABC, donde explicaba la importancia que tiene la naturaleza para la arquitectura y la necesidad de dejarla entrar por todas partes. Como más adelante de esta entrevista postula, la arquitectura de SANAA pretende conseguir una gran libertad de movimientos, una comunicación fluida entre el interior y el exterior, cosa perfectamente lograda, a mi juicio, en esta obra.
Naturaleza y arquitectura se dan la mano, de manera aislada pero en perfecta conexión, haciendo partícipe al visitante de esta estrecha relación. Este armonioso mensaje no podría entenderse de no ser por la caracterización del espacio interior del pabellón, que se logra con secuencias de planos curvos que acrecentan la sensación de fluidez, disponiendo los paramentos vítreos de manera autónoma, es decir, que cada recinto tiene su propia envolvente, en unos casos transparente y en otros opaca. De esta forma el visitante pasa, de manera progresiva y casi inconsciente, de la total livianidad que otorga la transparencia del vidrio con sus juegos de reflejos a la impenetrabilidad total de los recintos que requieren esta envolvente cerrada. Además de la graduación lumínica del pabellón, esta doble membrana (en los puntos de confluencia de dos o más recintos) aporta al paisaje interior del edificio una serie de escenas irrepetibles que combinan transparencia y reflejo. El recorrido que traza el visitante a lo largo y ancho del pabellón, como si de una promenade architecturale lecorbusiana se tratase, ofrece infinidad de ángulos de visión distintos y muestra al observador los matices propios de un cuadro cubista, donde tomando la abstracción como base, podrá ir percibiendo la superposición de los diferentes planos que forman el espacio tal y como relatan Colin Rowe y Robert Slutzky en su escrito “Transparencia: literal y fenomenal”. El juego de planos vítreos que mencionamos ayuda también a reforzar el espacio, generando una tensión en el pabellón que la colocación de una sencilla piel de vidrio no sería capaz de crear, cosa que alimenta el cariz especular de los recintos, donde vemos transitar a las personas de la sala contigua a la vez que observamos nuestro reflejo sobre el paramento. Esta particularidad, casi poética, nos traslada una vez asumida la premisa de la abstracción comentada líneas atrás, a los cuadros pintados por Escher, quien trasladaba magistralmente a las dos dimensiones un espacio tridimensional imposible. Capturar mentalmente esta imagen del pabellón, donde se funden transparencia y reflejo, es a mi modo de ver, una de las grandes virtudes que han alcanzado estos arquitectos en el Glass Pavilion.
Alcanzar esa sensibilidad proyectual y trasladarla al lugar; construir esos espacios tan ambiguos de los que hablamos requiere una serie de aportaciones constructivas y tecnológicas que hagan posible concebir la arquitectura ideada. La simpleza aparente de una determinada geometría realizada en vidrio acotada por dos planos horizontales no es tal. El Glass Pavilion, en su idea de ligereza y liberación de la planta al máximo coloca unos finísimos soportes puntuales que sustentan el plano superior (la cubierta), que serán ubicados estratégicamente para quedar embebidos en el espacio de amortiguación que queda entre las membranas vítreas que comentábamos. Además, como ya ideó Mies en el Pabellón de Barcelona, se pintan en blanco (en el caso del pabellón Alemán cromados) para fundirse en el fondo y desaparecer visualmente. Este alarde estructural introduce detalles de complejidad que pasan desapercibidos para el visitante, como ocurre con el tratamiento térmico de los espacios. El uso del vidrio podría disparar las temperaturas en el interior, tanto del pabellón como de la membrana de amortiguación, pero para ello se ha ideado un sistema de ventilación que regula la temperatura en todos los espacios evitando los fuertes gradientes térmicos que ocasionarían condensaciones en los bellas particiones transparentes.
Esta obra es un “artilugio” de aparente sencillez pero gran complejidad interior, que aúna las virtudes compositivas de la arquitectura moderna y las técnicas de la contemporánea, introduciendo un ingrediente fundamental que muchas de estas arquitecturas dejaban de lado: sentir el edificio. Se trata de un edificio donde prima la recreación de espacios destinados al hombre y la interacción de este con el espacio, donde lo natural y lo humano dialoguen sin estar en contacto, donde el visitante sienta como el edificio le habla y le contagia esa atmósfera que sólo una arquitectura de alto contenido emocional puede transmitir. En definitiva, el Glass Pavilion es un artilugio capaz de combinar todos los ingredientes que la arquitectura contemporánea ofrece, y así lo calificamos (como artilugio) porque está en un nivel superior a la arquitectura corriente, no es un pabellón al uso, no es un simple edificio. Se trata sin duda de un artilugio sensorial.



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